Violada en el bosque

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Escuche con atencio n: se oyo el estertor del hombre; nada ms. Pense que al empezar el duelo ella habra salido en busca de ayuda.

Y puesto que era cuestio n de vida o muerte, me apodere de la espada del hombre, junto con el arco y las flechas, y hu hacia la carretera.

Una vez all, encontre pastando el caballo de la mujer. De lo que siguio despue s, le dire u nicamente que antes de entrar en la capital me deshice de la katana robada.

Esta es toda mi confesio n. Siempre tuve la conviccio n de que mi cabeza colgara algu n da de un a rbol; sente ncienme a la pena capital.

Cua n humillado se habra sentido mi marido! Cuanto ma s se empen aba en liberarse, ma s se hunda la soga en su cuerpo.

Desesperada, corr hacia e l. No, mejor dicho, quise correr. Pero al intentarlo, el bandido me derrib. En ese preciso instante advert un brillo extran o en los ojos de mi marido, tena una expresio n indescriptible Lo recuerdo y todava me hace estremecer.

El, al no poder hablar, procuraba expresarse de ese modo. Sus ojos no denotaban ni furor ni angustia Ms herida por esos ojos que por el golpe del ladro n, deje escapar un gemido y me desvanec.

Despue s de largo rato creo , recobre el conocimiento, y advert que el hombre del kimono azul haba desaparecido. Estaba solamente mi marido, que continuaba atado al a rbol.

Me incorpore sobre las hojas de bambu y dirig hacia e l mis ojos. Pero el brillo de los suyos no haba cambiado; me observaba con la misma frialdad, rea irmando su desprecio, y en lo ma s profundo, tambie n su odio.

Vergu enza, rabia, angustia Me levante , vacilante, y me acerqu a l:. He decidido matarme, pero Visteis lo que me ha hecho: no puedo dejaros vivir.

Hube de hacer un gran esfuerzo para decirlo. Pero e l segua mira ndome sin inmutarse. Sent que mi corazo n lata con violencia.

En vano; por lo visto, el bandido haba robado sus armas. Fue una suerte que all cerca encontrara mi pun al.

Sosteniendo el arma en alto, volv a decirle:. Al escucharme, movio apenas los labios. Con la boca llena de hojas, no poda articular palabra.

Sin embargo, con so lo mirarle adivine su voluntad. Con profundo desprecio me deca:" Matadme". Sin poderme dominar, enloquecida, Clave la daga en su pecho, a trave s del kimono de color lila.

Volv a desvanecerme. Cuando tiempo despue s me recobre , mi marido haba muerto. Un rayo del sol poniente, iltrado a trave s del follaje, iluminaba su rostro sin color.

Llorando, quite las ataduras de aquel cuerpo. Despue s No tengo fuerzas para narrar lo que me toco vivir despue s. Hice todo lo posible para darme.

Heme aqu, frustrados mis intentos, soportando el peso agobiador de mi deshonra. Es de creer que a una mala mujer como yo, hasta por la misma Bodhisattva le sea negada la piedad.

En in yo, que mate a mi esposo, que fui violada por un bandido, que debo hacer? Que es lo que yo Naturalmente, yo no poda hablar; estaba atado al tronco del cedro, amordazado.

Sin embargo, intentaba decirle con los ojos una y otra vez:" No creis a ese canalla, es mentira todo lo que dice. Pero ella, sentada con las piernas recogidas, sobre las hojas de bambu , se miraba las rodillas con obstinacio n.

Esa actitud me hizo suponer que estara escuchando las palabras del hombre. Los celos me torturaban. El bandido, ha bil en la conversacio n, le hablaba de una cosa y otra, hasta que llego a proponerle con el mayor descaro:" Ya que has sido injuriada en tu honor, no puedes seguir junto a tu esposo.

A cambio de eso, y puesto que ya no sera n felices, no pre ieres ser mi mujer? Fue el amor que me inspiraste lo que me llevo a cometer tal violencia contra ti".

Mi mujer le escucho fascinada y alzo la cabeza. Nunca la vi tan hermosa como en ese momento. Pero, que respondio ante su mismo esposo, vctima como ella de ese malhechor?

Ahora vago perdido en el espacio, pero no podre evitar la rabia y los celos mientras recuerde sus palabras:" Bien, llevadme adonde queris".

Y no fue e ste el u nico delito de mi mujer. Si se tratara so lo de esto no sufrira lo que sufro en esta oscura eternidad. Cuando, como en suen os, se dispona a partir del brazo de aquel hombre, palidecio repentinamente, y sen ala ndome, exclamo :" Matadle.

No puedo unirme a vos mientras e l este con vida". Y repitio varias veces, enloquecida:" Matadle, matadle! Alguna vez semejante El mismo bandido se quedo perplejo al orlas.

El la miro ijamente y no contesto Antes de pensar en una respuesta, la arrojo al suelo de un puntapie. Luego se cruzo de brazos tranquilamente y mira ndome, dijo:" Que piensas hacer con esta mujer?

La matas, o la perdonas? Conte stame con la cabeza. La matas? So lo por estas palabras perdonara la accio n del individuo.

Mientras yo vacilaba en contestar, mi mujer dio un grito y echo a correr, bosque adentro. El bandido se. Fugada mi mujer, el hombre tomo mi katana, mi arco y mis lechas.

Luego corto en un solo sitio la soga con que me haba atado. Recuerdo que al salir del bosque murmur:" Ahora se juega mi suerte".

Siguio un profundo silencio. No, o que alguien sollozaba. Mientras me quitaba las sogas escuche con atencio n, y note que era mi propio sollozo.

A duras penas separe del a rbol mi cuerpo entumecido. Delante de m brillaba la pequen a daga que haba dejado mi mujer. La recog y la hund en mi pecho.

Un cogulo de sangre subi a mi garganta, pero no sent ningn dolor. A medida que mi cuerpo. Ni el canto de un pa jaro se oa en el aire de aquel lugar en la can ada de la montan a.

Apenas una de bil claridad descenda sobre las hojas, pero tambie n eso fue desapareciendo, hasta que los cedros y los bambu es se borraron de mi vista.

Tendido en el suelo, un hondo silencio me envolva. En ese momento alguien se acerco a m con pasos cautelosos. Trate de ver quie n era; pero la oscuridad me lo impidio.

Y de nuevo me hund en el oscuro espacio; por u ltima vez, para siempre. Leia gratuitamente por dias Entrar.

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Declaracio n de un sacerdote budista interrogado por el oficial del Kebshi: - Es cierto. Si se me permite una palabra, sugiero la conveniencia de averiguar la suerte que corrio la dama.

Declaracio n de una anciana interrogada por el oficial del Kebiishi: - S, sen or; el cada ver es del hombre que se caso con mi hija.

Ayer, Takejiro y mi hija salieron para Wakasa. Quin poda imaginar esta tragedia! Que sera de ella! Por los cielos, sen ores, no deje is piedra sin remover hasta encontrarla!

Confesin de Tajmaru: - S, sen or comisario; yo mate a ese hombre, pero no a la mujer. Bueno, fue as: Ayer, poco despue s de medioda, me encontre con esa pareja.

Que dice? Me levante , vacilante, y me acerqu a l: - Takejiro -le dije-, despus de lo sucedido, no podra seguir viviendo con vos.

Sosteniendo el arma en alto, volv a decirle: - Ahora, dadme vuestra vida. Yo os seguire inmediatamente. Habra n salido alguna vez palabras tan atroces de labios de un ser humano?

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La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto.

Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche.

Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru.

Se llamaba Takehito Kanazawa. Se llama Masago. Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella.

Pero no a la mujer. Y como nada tengo que perder, nada oculto. Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen.

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre.

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A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. El muerto estaba tirado de espaldas. Absolutamente nada.

No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro.

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Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Se llamaba Takehito Kanazawa. Se llama Masago. Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella.

Pero no a la mujer. Y como nada tengo que perder, nada oculto. Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen.

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